sábado, 6 de octubre de 2012

La batalla del río Híser



     La adusta ciudad de Muros, situada en las estribaciones de las Montañas del Norte y capital de una región escasamente poblada del mismo nombre, era un hervidero de humanos y enanos tras conocerse las últimas noticias llegadas de la frontera. Al parecer una gran horda de orcos y goblins avanzaba, imparable, arrasando todo a su paso.

     El Consejo de Ancianos que gobernaba la inexpugnable urbe, tras reunirse y debatir durante horas sobre la terrible amenaza, decidió enviar el ejército para hacer frente al enemigo, rechazando la opción lógica de resistir un posible asedio al amparo de las formidables defensas, tanto naturales como edificadas, de la ciudad. La razón para adoptar esta arriesgada resolución se apoyaba en la certidumbre de que, después del paso de la ola de destrucción que toda incursión orca desataba, la región entera quedaría devastada durante varias generaciones. La orgullosa y próspera ciudad, haciendo honor a su antiguo lema, “Nunca conquistada, nunca doblegada”, no se resignaría a tan funesto destino sin luchar.
     Se acometieron con presteza los preparativos para el combate y una leva de última hora proporcionó nuevos soldados. Estos fueron equipados y asignados a las diferentes unidades del pequeño, aguerrido y motivado ejército: arqueros, honderos o infantes armados con lanza y escudo. El Consejo envió un mensaje a Valdyr, jefe del Clan enano de las Montañas del Norte, quien no dudó en responder a la llamada de auxilio del principal centro de comercio para su pueblo. Él mismo acudió en persona al frente de un regimiento de voluntarios enanos que se encargaría de reforzar la exigua guarnición de la ciudad.


     Dos días más tarde el ejército murense, comandado por el general Eilaw, partió al este para interceptar a los orcos, enviando por delante la caballería y los carros de guerra a las órdenes de su lugarteniente, Roëwus.

     En la jornada siguiente, el jefe de la vanguardia se encontró en el camino con cuatro viajeros nesitas, que se presentaron como miembros de la Orden de Kusar y que, según dijeron, habían sido desterrados del Antiguo Reino. Ahora vagaban sin rumbo fijo, ofreciendo sus servicios como mercenarios. Alcander era un berserker, una estirpe de guerreros capaces de manejar con destreza varias armas, y lideraba el grupo enfundado en una curiosa mezcla de metal y prendas oscuras. Le acompañaban Danae, una conjuradora de hermosos ojos verdes que podía convocar extrañas criaturas para luchar por ella; Aure, una habilidosa ilusionista diestra en el arte de engañar los sentidos; y Nadek, un mago de hielo. Roëwus los remitió a Eilaw con algunos jinetes como escolta y continuó su camino.


     Varias horas más tarde los extranjeros mantuvieron una breve negociación con Eilaw, pues el general no se avino a pagar el oro que los mercenarios demandaban. Los nesitas se hicieron a un lado mientras las tropas murenses reanudaban la marcha, y observaron con ojos expertos el avance de la columna.

      —No tienen ninguna posibilidad —opinó el berserker con voz grave y el rostro oculto tras un    casco de amplias carrilleras. Su caballo caracoleó pero no tuvo problema en controlarlo. Aure lo miró un momento, pensativa, y luego afirmó en voz baja y aterciopelada:
     —Si son derrotados, la región entera será reducida a cenizas y no nos resultará sencillo abastecernos por un tiempo.
     —Ellos lo han querido así, Aure —terció Nadek haciendo una mueca al tiempo que se encogía de hombros—. No podemos obligarlos a aceptar nuestra ayuda—. Se produjo una larga pausa, sorteada únicamente por el lastimero sonido de la brisa, seguida de un leve suspiro. Las miradas de los tres interlocutores convergieron en Danae, cuyos ojos se habían quedado en blanco. A pesar de ello no parecía tener problemas para mantener el equilibrio en la silla de su hermosa yegua blanca:


     “Otro tiempo, otro lugar, no lejos de allí. Ráfagas de imágenes se presentan ante ella, fugaces e implacables. Danae se ve impotente para evitarlas o ignorarlas. Llegan, no importa si cierra los ojos, y la desolación se hace presente a su alrededor. Ella las ve, las siente en su alma, que llora en silencio. Cambio de comarca, escenas que se repiten; la guerra no tiene fin, la muerte y la destrucción alcanzan allá adonde es transportada. Nuevo lugar, misma devastación. Esta vez, un bosque en llamas; se oyen estériles gritos pidiendo auxilio, aunque es incapaz de ubicar su procedencia. Luego, tan solo silencio. Entonces, de entre la humeante arboleda, aparece una figura ataviada con una túnica, y el rostro oculto bajo la capucha. Las mangas se muestran ribeteadas en otro color, pero desde tan lejos no consigue percibir los detalles. Sin embargo, por la altura y la complexión parece tratarse de un hombre. Huye, pero no logra percibir qué o quién lo persigue. Ya ha conseguido alejarse un buen tramo del bosque cuando de este surgen varios enemigos. Orcos, goblins… y humanos. No parecen tener prisa, como si ya hubieran cumplido su cometido. Ríen. El hombre de la túnica sigue corriendo sin mirar atrás; se acerca y extiende un brazo hacia ella en petición de socorro. Cae. Danae contempla con horror el cuerpo inerte del mago, así como el negro penacho de la saeta clavada en su espalda. Y es entonces cuando, de algún modo, comprende que todo pudo haber sido distinto, que nada de lo que ha visto hubiera ocurrido si ellos… Las imágenes se desvanecen.”



      —¿Qué has visto, Danae? —preguntó el berserker con gesto de preocupación al notar que los ojos de la invocadora volvían a la normalidad.

      —Yo…la mujer parecía dudar, como si temiera que por el mero hecho de describir su visión esta estuviera destinada a cumplirse. Finalmente, respiró con profundidad y se explicó—. He visto el fin de la civilización y… algo más. Algo peor—. La conjuradora se mojó los labios antes de continuar. —No debemos permitir que suceda—. Danae mantenía su mirada fija en Alcander, envuelta en una muda súplica. La joven estaba al borde de las lágrimas. Este, tras dudar unos momentos, desvió la mirada hacia las tropas en marcha, incómodo, y asintió en silencio. Conocía bien las visiones de la mujer, y sabía que era mejor no preguntar.


     A media tarde del día siguiente la vanguardia murense llegó a los márgenes del río Híser, y poco después lo cruzó, contactando con las avanzadillas del enemigo. Roëwus ordenó entonces dos cargas de caballería sucesivas, que desordenaron las líneas orcas y le dieron la opción, tras el contraataque enemigo, de retirarse a la margen izquierda a través del vetusto y monumental puente de piedra que unía ambas orillas. Una vez allí, tomó posiciones y esperó a Eilaw, a quien envió mensajeros informándole de la situación. Los orcos también acamparon en su lado del río, pero al anochecer lanzaron un asalto a través del puente que, en un primer momento, cogió por sorpresa a los humanos. Atawa, segundo de Roëwus y comandante de los carros de guerra, consiguió empujar al enemigo hasta las proximidades del puente, pero se vio obligado a frenar su avance ante lo húmedo del terreno, pues los carros se atrancaban. La caballería de Roëwus pudo completar la acción, y los orcos retrocedieron al otro lado, donde bloquearon el puente con una barricada de afiladas estacas, cuya defensa fue asignada a arqueros goblins. Roëwus ordenó hacer lo propio, y a continuación despachó un pequeño destacamento de carros para vigilar el único vado existente en la zona, situado varios kilómetros al sur, junto a una pequeña colina. La noche transcurrió en una desazonadora y tensa calma, iluminada por las estrellas y por centenares de fogatas encendidas a uno y otro lado del cauce.



     El general Eilaw, una vez informado, acudió a marchas forzadas y llegó al Híser con las primeras luces del alba. Desplegó de inmediato su infantería para bloquear el puente de manera efectiva, y ordenó a Atawa que llevara todos los carros a proteger el vado. Se sucedieron pequeñas escaramuzas y esporádicos intercambios de flechas que se saldaron con pocas bajas. Pero al atardecer los orcos lanzaron otro asalto a través del puente, mucho más brutal que el de la jornada anterior, que obligó a los arqueros, honderos e infantes murenses a emplearse a fondo para impedir la toma del enclave. La barricada fue bien defendida y los orcos se estrellaron una y otra vez. Eilaw contemplaba aquello con preocupación, pues ya había luchado antes contra orcos, y no solían ser tan estúpidos. Y en efecto, no lo eran. Exploradores goblins habían descubierto el vado la noche anterior y, moviéndose en las sombras, una fuerza combinada de orcos y goblins se había desplazado hasta sus inmediaciones, a la espera de su oportunidad. Esta se la brindó el ataque en el puente, y sin pensarlo cruzaron el río. Atawa intentó aplastarlos de nuevo, pero esta vez los orcos, aprendiendo de su enfrentamiento anterior, esperaron a que los arqueros goblins descargaran varias andanadas de flechas antes de infiltrarse entre los huecos abiertos en la línea murense y atacar a los carristas por los flancos. Otros, armados con hachas, se ocuparon de desjarretar a los caballos acabando así con la ventaja humana. Atawa cayó muerto con dos flechas en la espalda cuando intentaba reorganizar sus fuerzas, pero ya en ese momento era evidente que los carros habían perdido el combate. Solo unos pocos pudieron escapar en dirección norte, aunque para cuando Eilaw fuera informado del desastre del vado tendría a los orcos casi encima y se vería obligado a luchar en dos frentes, con inferioridad numérica y escasa visibilidad, lo cual perjudicaba mucho a sus tropas, en especial a la caballería.



     Los orcos del vado, cubiertos de sangre y sedientos de más, se reunieron en torno a Zughäg, el gran caudillo que los había conducido hasta allí, y se aprestaron para marchar al norte y atacar a los humanos por la espalda. De pronto, una flecha atravesó el cuello de un capitán orco y, poco después, otro más cayó llevándose las manos al pecho. Zughäg alzó un brazo y señaló la cima de la pequeña colina, donde tres figuras los observaban mientras una cuarta manejaba un arco con mortífera precisión. Los goblins respondieron de inmediato con una andanada de flechas, pero los humanos nada hicieron por esquivarlas. Las flechas atravesaron sus cuerpos como un cuchillo la mantequilla, y estos se desvanecieron en el aire. Gritos de sorpresa y frustración se elevaron entre los soldados de Zughäg, pero el líder orco mantuvo la calma. Ordenó a un capitán tomar la colina con sus guerreros mientras él la rodeaba. Los goblins siguieron disparando a ciegas para cubrir el asalto de los orcos, hasta que estos llegaron arriba y se encontraron con los cuatro mercenarios nesitas, que se protegían de las flechas tras un fino muro de hielo. El arquero mató a dos orcos más antes de soltar el arco y desenfundar la espada, mientras su brazo izquierdo alcanzaba el escudo que portaba a la espalda y lo acomodaba en él. El capitán orco no tuvo que ordenarlo, sus guerreros se lanzaron salvajemente contra los cuatro humanos que habían osado desafiarlos. Alcander no dudó en entregarse a la lucha, moviendo espada y escudo con siniestra maestría no exenta de elegancia. Nadek, con su báculo rematado por un gran zafiro que brillaba con extraño fulgor azulado en una mano, proyectó con la otra una capa de hielo apuntando a los bordes de la colina, y formó en poco tiempo una improvisada almena, rematada hacia el exterior con agudas estacas heladas para impedir que más enemigos coronaran la cima. Dos orcos lograron superar a Alcander y se dirigieron hacia Danae y Aure, pero ninguna de las mujeres se movió. La conjuradora separó los brazos, y ante ella se abrió un portal del que salió, ante la asombrada mirada de los orcos, una ígnea figura humanoide. Uno de los soldados intentó ensartarlo con su espada curva, pero el elemental esquivó el ataque con inhumana agilidad al tiempo que lanzaba una bola de fuego contra el otro guerrero. Las ropas del orco se prendieron al instante, y este echó a correr mientras lanzaba aullidos de dolor. El primer soldado, ajeno a los gritos de su compañero, intentó de nuevo cazar al elemental, esta vez con un ataque lateral, pero este saltó hacia el guerrero de manera que el filo de la espada pasó por detrás y el orco lo golpeó con el brazo, quemándose al contacto con el cuerpo de la criatura. Soltó el arma y apartó con su gran escudo redondo al invocado mientras retrocedía unos pasos; cuando volvió a mirar al frente no vio un elemental ante él. Había tres. El orco abrió los ojos sin dar crédito a lo que veía, salió corriendo hacia el borde de la colina y, gritando como un poseso, saltó el improvisado pretil de hielo. Danae y Aure se miraron con complicidad, luego buscaron con la mirada a sus compañeros. Nadek, protegido tras una gruesa y helada almena, seguía congelando enemigos desde su posición, en tanto que a Alcander ya solo le hacían frente el capitán orco y otro guerrero. Estos se separaron para sorprenderlo por la espalda, pero el berserker se lanzó con decisión hacia el soldado antes de que el capitán pudiera reaccionar, lo hizo retroceder mientras el orco apenas conseguía bloquear con su escudo la lluvia de ataques y, cuando intentó contraatacar, Alcander lo empujó con su propio escudo contra el murete de hielo. El orco trastabilló y se precipitó colina abajo. El berserker se giró al instante para hacer frente al capitán, pero este lo miraba sin ver, con un gesto mezcla de sorpresa y terror dibujado en el rostro, desde el interior de un gran bloque de hielo.



     Entonces se oyó un gran estruendo en los alrededores; gritos de alarma se mezclaron con los de órdenes y estos, a su vez, con los de muerte. Los nesitas se asomaron con precaución al frío y resbaladizo parapeto, y observaron a varios escuadrones de caballería murense penetrando con facilidad entre las desordenadas filas orcas. Estos, lejos de repeler el ataque de los jinetes, se desbandaron, y muchos se ahogaron al intentar cruzar desesperadamente el río. Roëwus, al frente de sus jinetes, cruzó el vado y giró hacia el norte, perfilando así la mortal amenaza de copo sobre la otra mitad del ejército orco en un movimiento que, con toda seguridad, decidiría la batalla.



     Tras la victoria, el general Eilaw envió mensajeros a Muros para comunicar la noticia que conjuraba, de momento, aquella amenaza. Y, cuando más tarde supo de la gesta llevada a cabo por —estaba convencido— los mercenarios que él se negó a contratar, envió jinetes a buscarlos, pero no encontraron rastro alguno de ellos. 



                                                                                            
                 

2 comentarios:

  1. BUENO ESTE SEGUNDO ME PARECE MUCHO MAS INTERESANTE DESDE EL PUNTO DE VISTA LITERARIO, ME APORTA MUCHO MAS Y ME COLOCA MUY BIEN EN EL LUGAR DE LOS HECHOS Y ME HACE PARTICIPE DE LA BATALLA Y ESO ES MUY BUENO PARA UN ESCRITOR HACER AL LECTOR UNO MAS DE LA OBRA. EN HORA BUENO

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  2. Muchas gracias, me alegro de haber podido transmitir todas esas sensaciones, emociones y acciones que rodean un conflicto bélico como el narrado en este relato. Saludos.

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