miércoles, 10 de octubre de 2012

Retorno a Ézaros


     Era entrada la noche cuando la tormenta rompió sobre el mar. Oscuros nubarrones se habían ido acumulando a lo largo del día frente a la costa de Ézaros, entrelazándose hasta formar una muralla impenetrable ante los vanos intentos del sol por iluminar aquel día primaveral y gris. La suave brisa del atardecer había derivado en viento desapacible, pero nada de eso llamaba la atención de Siomara, absorta en sus pensamientos, de pie, frente al horizonte marino, en la alta terraza de su vivienda.

    Aún no acertaba a comprender cómo habían llegado a aquella situación. Lo que en principio iba a ser una entrañable celebración casera, rodeada de su marido y de unos pocos amigos, devino sin saber cómo en una horrible tragedia. Intentó recordar la sucesión de acontecimientos tal y como la había relatado a los indagadores (término coloquial con el que todo el reino llamaba a los investigadores especializados en delitos relacionados con magia), esperando captar ese inasible momento en el que todo se echó a perder.

     «Los tres invitados habían sido puntuales. Talamantes y Kalia, como siempre, llegaron juntos, y poco después lo hizo la sorpresa del día; en ese momento no era consciente de cuánto lo iba a ser. Calinices había regresado recientemente a Mirador de Ézaros tras varios años de ausencia, pero el tiempo no parecía haberlo tocado. Presentaba un aspecto juvenil, casi como lo recordaba cuando jugábamos juntos de niños. Alto, de porte atlético, tremendamente atractivo y con un encanto difícil de eclipsar. Hasta conservaba algo de aquella arrogancia adolescente al saberse uno de los más poderosos magos de la región, quizá tan solo superado por su competidor de antaño en la Orden, el venerado y anciano archimago Talamantes. Confiaba en que su antigua rivalidad hubiera quedado enterrada y no diera lugar a situaciones embarazosas. Después de todo, habían pasado muchos años, y Calinices había cosechado éxitos tan destacados como hubiera podido obtener en la propia Mirador. Hice las presentaciones entre el mago y mi buena amiga Kalia, una joven y hermosa hechicera de la Orden, a la par que magnífica sanadora. Se saludaron cordialmente y me pareció vislumbrar un cruce de miradas más intenso de lo normal; los imaginé, pícara de mí, sintiéndose atraídos y buscándose en algún momento de la tarde, para estar a solas. Todo esto ocurría ante la atenta mirada de Lesandro, mi esposo, marido cariñoso y un botánico de primer orden, aunque un tanto celoso para mi gusto. Gracias a los dioses, eso nunca había supuesto un serio obstáculo para nuestro matrimonio o mi carrera política. Como gobernadora de Ézaros, debía departir con muchas personas, a menudo hombres poderosos, y atractivos muchos de ellos, pero siempre había sabido mantener su confianza.»

     «Tras los saludos y una breve charla informal, acompañada con un delicioso vino de la región y exquisitos aperitivos, salimos a la terraza y ocupamos nuestros respectivos asientos. El almuerzo transcurrió con total normalidad; destacable, ahora que lo pienso, por los comentarios de los comensales sobre las habilidades mágico-culinarias de Ezabel, nuestra cocinera y maga doméstica, quien fue reclamada para ser pública y descortésmente atormentada con toda clase de merecidos elogios.»
     «Entre plato y plato asediamos a Calinices para que relatara algunas de las emocionantes aventuras que había vivido, y que tanta fama le habían reportado a lo largo de los años. Él, por supuesto, no se hizo rogar y cumplió a la perfección con la solicitud, narrando algunos entretenidos episodios en los que sus buenas artes habían resultado decisivas para restaurar el orden en varios lugares afortunados.»

     «Quizá por una casualidad del destino, y justo cuando el cielo empezaba a nublarse, Lesandro comentó su inquietud por el reciente aumento de asesinatos en la ciudad. Mi marido es un encanto, y los dioses saben que lo amo profundamente, pero a veces pienso que presta más atención a sus plantas que a mí. Antes de que llegaran los invitados ya le había advertido de que no tocara temas desagradables, pues quería disfrutar de aquella tarde alejada de mis preocupaciones diarias. Además, estaba segura de haberle comentado hace días que una de las víctimas era amigo de Kalia. Aquella fue una de las pocas veces que le contaba algo en las que, aparte de mirarme como un raro ejemplar de lirio lyseano, me había respondido dándose por enterado, pero ahora sé que debí insistir. Kalia hizo un comentario casual e intentó cambiar de tema, pero mi querido tonto no captó la indirecta. Ella entonces se ausentó, dijo, para ir al baño, sin duda con la esperanza de que, a su vuelta, la conversación hubiera derivado hacia asuntos más amenos. Pero Calinices optó por hacer una observación acerca de aquellas muertes ya que, según había oído, se rumoreaba que las tres víctimas eran magos de la Orden, y sus cuerpos parecían haber sido utilizados para algún oscuro ritual, a lo que Talamantes reaccionó con un respingo; Lesandro también se sobresaltó con la noticia, hasta el punto de derramar el contenido de su copa sobre el mantel. Recuerdo que me sorprendió aquel pequeño incidente aunque, por fortuna, no dio para más ya que Kalia estaba de regreso, y yo no iba a seguir el juego a los hombres con asuntos morbosos a costa de disgustar a mi amiga. Ezabel, siempre acertada, llegó en ese preciso momento con los postres, que fueron atacados y devorados con absoluta falta de compasión; no hubo prisioneros entre los pastelillos de limón y manzana rellenos de crema con que concluimos tan extraordinario ágape.»

     «A pesar del paulatino pero evidente deterioro del día, mi adorable y pertinaz Lesandro insistió en que degustáramos los licores allí mismo, en la terraza, mientras nos enseñaba su cuidado jardín del que, aseguró, se encargaba en persona con abnegación. En nombre del amor y los votos que intercambiamos cuando decidimos pasar juntos el resto de nuestras vidas, olvidé señalar que aquella afirmación de tan afanosa entrega había resultado sensiblemente exagerada. En su lugar, opté por rescatar a Kalia de aquella emboscada marital y la llevé aparte para compartir ciertos detalles íntimos sobre nuestro repatriado mago que, sin duda, los hombres no apreciarían en su justa medida. Fue entonces, mientras respondía a sus bien planteadas cuestiones, cuando vino a mi memoria un recuerdo de mi infancia al que decidí no prestar atención. Después de todo, tengo entendido que cualquiera es susceptible de sufrir un trastorno de esa naturaleza, y a nadie más debería importar algo así. Minutos más tarde nos reunimos con los otros y disfrutamos juntos con la detallada disertación floral de mi querido esposo, que llegó a rozar lo sublime cuando llegamos a “la joya de la corona”: sus únicas e incomparables rosas de Ézaros; unas raras, delicadas y preciosas flores sin espinas de un intenso color azul oscuro que encierran propiedades únicas que muy pocos conocen como, por ejemplo, la de no verse afectadas por la magia. Jamás hubiera sospechado una cosa así de tan hermosa flor, pero mi querido Lesandro no tenía igual sonsacando a las plantas sus más preciados secretos. Semejante hermosura y delicadeza, contenidas en algo tan sencillo, no pudo por menos que impresionar a nuestros invitados, cautivados tanto por su belleza como por el intenso, penetrante y distinguido aroma.»

     «Muy a nuestro pesar, las nubes se volvían más espesas; Kalia se quejó de que empezaba a notar fresco, y nuestro gallardo mago estornudó un par de veces, por lo que decidimos retirarnos al interior para evitar que se echara a perder tan maravillosa tarde. Calinices aprovechó para visitar nuestro amplio y luminoso cuarto de baño mientras los demás nos acomodábamos en el amplio salón. Mi querido Talamantes se interesó por Dreba, nuestra mastina. De hecho, la perra fue un regalo del archimago a mi esposo, y ambos le profesan mucho cariño. El anciano expresó su deseo de saludarla, pues hacía tiempo que no la veía, de modo que Lesandro y él salieron de nuevo a la terraza y se dirigieron a la parte de atrás. Un rato después volvieron y coincidimos todos de nuevo en el salón, por lo que llamé a Ezabel para pedirle que nos preparara un delicioso té especiado de Aetra. Esperando el té, nos enfrascamos en un interesante e inofensivo debate acerca de la peculiar situación política del reino, pues sabíamos que nada de lo comentado serviría para cambiar las cosas. La informal charla se vio interrumpida por los gemidos de Dreba, cuya aparición frente al ventanal de la terraza, y con aspecto somnoliento, provocó un pequeño revuelo. Se suponía  que la perra debía permanecer atada para proteger a las indefensas plantas de sus eventuales correrías. Kalia, siempre dulce y amigable, propuso abrir a la perra para que no se mojara si empezaba a llover, y todos aceptaron. Consentí aquella excepción para complacer a mis invitados, aunque perdí la ocasión de asaetear a Lesandro con una dura mirada, pues saltó hacia la puerta de la terraza como una gacela, dejando entrar a la perra, solo para alejarse como si lo persiguiera una leona hambrienta. Algo de razón llevaba.»



     «En ese momento Ezabel hizo, una vez más (adoro a esa mujer), otra de sus oportunas entradas, portando una gran bandeja sobre la que reposaba un precioso juego de té procedente de la mismísima Ávaris. Unas pastas de aromas y colores muy tentadores completaban el conjunto que la maga de la casa había dispuesto.»
      «Dreba irrumpió en el salón de forma arrolladora, dando tumbos y atacando a todos sin excepción a golpe de patas, cola y lengua, hasta el punto de que llegó a poner en peligro la estabilidad de Ezabel y la integridad de mi juego de té. La mujer lo salvó gracias a unos malabarismos dignos de bailarinas profesionales, mientras regañaba a la perra con fingido enfado. Nuestras caricias la alegraron aún más, hasta que Lesandro regresó y, con gesto contrariado, le ordenó que se tumbara a su lado para que Ezabel pudiera moverse sin aquel infatigable torbellino peludo brincando alrededor.»

     «A los pocos minutos de comenzar a degustar el magnífico té y los dulces, Calinices mostró síntomas de no encontrarse bien. Su rostro se tornó lívido, y se llevó las manos a la garganta, como si se hubiera atragantado. Pero no era eso. Kalia, con ojo experto, se dio cuenta de inmediato de la situación, y murmuró unas palabras tranquilizadoras mientras llegaba hasta él. Posó sus manos sobre la frente y pecho del mago, luego musitó unas palabras que no entendí; debía tratarse de un hechizo para restaurar su salud. Pasaron unos segundos que se me hicieron eternos, y entonces Calinices empezó a sufrir convulsiones que la sanadora, pese a sus evidentes esfuerzos, no conseguía controlar. El mago, con el rostro demudado por el terror, asió las manos de la hechicera, como si quisiera aferrarse desesperadamente a la vida, pero todo fue inútil. Poco después las convulsiones cesaron y su mirada quedó atrapada en un punto del techo. Aún no me explico cómo pudo ocurrir. Y tampoco puedo evitar sentir escalofríos cada vez que recuerdo ese momento.»

     «Los instantes que siguieron, debo admitirlo, estuvieron dominados por el desconcierto, aunque era  lógico dadas las circunstancias. Vi a Talamantes intentando consolar a Kalia, que no comprendía nada, mientras Lesandro, cabizbajo, acariciaba a Dreba, buscando sin duda el tacto de una amiga con la que compartir su pesar sin necesidad de vanas palabras de aliento. Ezabel, por su parte, que había acudido al oír los gritos, permanecía de pie junto a la puerta, con una expresión de horror en el rostro. Yo, por mi parte, como tantas otras veces a lo largo de mi carrera, sabía que no podía permitirme el lujo de dejarme dominar por las emociones, e hice un esfuerzo por introducir algo de racionalidad en aquel caos. Me volví a Ezabel y le ordené que avisara a los indagadores. La mujer asintió y salió a la carrera.»

     «Estos no tardaron mucho. Axelia, una oficial de mediana edad y Derggel, su joven ayudante, iniciaron de inmediato las pesquisas tras las obligadas presentaciones, y nos fueron interrogando por separado. Desconozco, pues, las declaraciones de los otros acerca de esta muerte, que se suma a las anteriores cometidas contra miembros de la Orden. Un asesino de magos anda suelto, y los indagadores no parecen contar con muchas pistas para dar con él. De hecho, y por lo que les oí comentar en un momento de descuido, las pruebas de rastreo que habían llevado a cabo desestimaban la intervención tanto de venenos como de magia en la muerte de Calinices, cosa que me tranquilizó. Aquello significaba que las acciones de Kalia para intentar salvar al mago no serían consideradas como un error imprudente, aunque eso no la exculpara si se determinaba que había sido asesinado, claro. Para los investigadores había quedado demostrado que Calinices no murió envenenado, pues no existe veneno conocido que resista la curación realizada por un experto sanador. Y Kalia lo era. De las mejores que había en la Orden.»
     «Mucho más tarde, los indagadores dieron por concluidas sus pesquisas, al menos por el momento, y reconocieron la dificultad de resolver aquella extraña muerte. Más aún, cuando se marchaban, sin practicar detención alguna, anunciaron que, a menos que aparecieran nuevas pruebas que pudieran hacerles reconsiderar sus conclusiones, era probable que aquel misterio quedara sin resolver.»




                                                           Epílogo


    ¡Ah, estás aquí! —Talamantes cruzó la terraza portando una humeante taza en sus manos, que ofreció a Siomara. Dreba lo seguía y se sentó junto al mago—. Toma, lo ha preparado Ezabel. Dice que te sentará bien—. Siomara aceptó la bebida con una sonrisa, relajando por un momento la tensión acumulada en su rostro.
    Esa mujer es increíble, casi siempre sabe lo que una necesita, aun sin decirlo.
    Sí —coincidió el anciano—. Parece maga —la mujer ensanchó la sonrisa por la broma de su amigo, luego asintió en silencio y acercó la taza a los labios.
    ¿Te encuentras bien? —el anciano clavó su mirada en la gobernadora, como si pudiera adivinar sus pensamientos. A Siomara le recordó aquel hombre lleno de vitalidad que durante años había sido como un segundo padre para ella. Se conocían tanto que a veces estaba segura de que podían comunicarse sin palabras. Pero aquella noche todo se le antojaba envuelto en secretos y misterio.
    No lo sé, Talamantes —respondió desviando la mirada hacia la tormenta—. De verdad que no lo sé. El caso se complica y no parece tener fin. No imagino qué va a pasar ahora, con crímenes de magos sin resolver y un peligroso asesino suelto.
    Todas las incógnitas encierran su explicación, querida niña —dijo el archimago posando una mano arrugada y cálida sobre las de ella, que aún sostenían la taza—. Al final, de un modo u otro, siempre se acaba descubriendo la verdad.
    Quisiera contar con esa confianza tuya —Siomara miró al hombre de reojo, al que por un momento envidió por su fortaleza de ánimo.
    Es la confianza que se sustenta en el conocimiento, pero en el corriente, no en el que procede de mi arte—. Siomara se volvió hacia el anciano y lo miró de hito en hito, tratando de averiguar qué era lo que estaba intentando decirle.
    ¿Acaso sabes qué ha ocurrido hoy aquí? —un escalofrío recorrió la espalda de la gobernadora mientras escrutaba el rostro de su amigo, y esta vez fue él quien desvió la mirada hacia el mar.
    Ten siempre presente una cosa, niña. La Naturaleza es sabia, aunque a veces pueda parecernos cruel o injusta. Hace las cosas porque deben ser hechas y, por mucho que nos parezca que no va a suceder, después de la más terrible y destructiva de las tormentas, llega la calma.  
    No estoy en condiciones de resolver ningún acertijo —resopló la mujer.
    Pero es preciso. Calinices era, en sí mismo, un enigma —respondió el hombre, muy serio.
    ¿Insinúas que ocultaba secretos? —Siomara se mostró más interesada de repente.
     No lo insinúo. Estoy convencido de ello —afirmó el anciano, rotundo. Luego preguntó— ¿No te sorprendió encontrarlo tan joven después de muchos años?
    Un poco —admitió la gobernadora, insegura de adónde quería llegar el archimago.
    Calinices dijo que los cuerpos de los magos asesinados habían sido utilizados para oscuros rituales, pero las autoridades nunca hicieron público ese dato. Tú, como gobernadora, deberías saberlo —el anciano parecía haber recuperado de repente todo el vigor de su juventud.
    No estaba a gusto con esa conversación, supongo que no presté atención a…
    ¡Pero yo sí lo hice, niña! Lo que Calinices contó como un rumor, no era tal. Se estaba jactando de sus crímenes, sabedor de que no había prueba alguna que lo incriminara. Él practicó esos horrendos rituales en su beneficio. Y anunció, veladamente y en tu propia casa, que pensaba continuar. No iba a detenerse, se creía demasiado inteligente para ser atrapado.
    Pero él…Tú…Tú no… —la confusión de Siomara iba en aumento. No sabía que pensar.
    Debía detenerlo, niña —sentenció el anciano. La mujer abrió la boca pero no dijo nada.
    Pero…pero los indagadores dijeron…
    Que ni magia ni veneno fueron empleados. Y así fue —interrumpió el archimago. Luego continuó —No podía emplear magia. Calinices me vigilaba en todo momento, pues adivinó lo que pasaba por mi cabeza. Él sabía que no me arriesgaría usando veneno, con una experta sanadora en la casa. O dos, si contamos a Ezabel —Siomara tomó aire mientras asimilaba las palabras de su amigo. Dejó la taza de té y miró al anciano fijamente.
    Está bien —admitió la gobernadora, una vez recuperada de la sorpresa inicial—. Cuéntame cómo lo hiciste. Talamantes asintió, se mojó los labios, y empezó.
    No estaba seguro de poder hacer nada, dadas las circunstancias. Pero estas dieron un giro inesperado en el jardín, mientras tu marido nos enseñaba sus queridas plantas. Calinices estornudó y entonces recordé algo que me contaste hace mucho tiempo; un episodio dramático que aconteció cuando Calinices y tú erais solo unos niños…
    También yo lo hice —interrumpió Siomara sin darse cuenta—. Estuvo a punto de morir tras masticar unos pétalos de una rosa de Ézaros. Ni él mismo lo recordaba cuando se recuperó. Creo que nadie le llegó a explicar lo que le había pasado, pues esas flores son muy difíciles de encontrar. Supongo que nadie pensó que se toparía con otra de nuevo.
    Y sin embargo lo hizo —afirmó el archimago con un brillo en los ojos.
    Entonces, ¿fue eso lo que lo mató? Pero sigo sin comprender… ¡Él nunca se acercó tanto a esas flores!
    Solo tenía que conseguir que ingiriera una mínima cantidad de polen de las rosas de Ézaros de tu marido, pero ¿cómo hacerlo? Me vigilaba, no hubiera podido ni intentarlo. Necesitaba valerme de alguien…
    ¿Un cómplice? ¿Quién? —Siomara notó cómo se aceleraban los latidos de su corazón, temiendo una respuesta que no quería oír. Pero como había dicho el anciano, tenía que saber.
    Nadie por quien debas preocuparte, querida —respondió Talamantes mientras acariciaba la amplia cabeza de Dreba, que cerraba los ojos con cada caricia expresando así su conformidad. Siomara desvió la mirada hacia el animal, y lo observó como si lo viera por primera vez.
    ¿Dreba? No…No es posible. No lo puedo creer.
    Tampoco él —dijo el archimago. Luego añadió—. Y en eso residía mi ventaja —hizo una breve pausa antes de continuar—. Por contra, no resultaba tan sencillo como decirle a un aprendiz  qué quería que hiciera y cuándo. Esta muchachita tiene sus limitaciones —concluyó el anciano sin dejar de acariciar a la mascota.
    ¿Pero cómo se te ocurrió utilizar a la perra?
    Fue algo casual. Salí al jardín aprovechando la ausencia de Calinices, y entonces tu marido, que lo dioses lo protejan, me contó que tenía que atar a Dreba porque el penetrante aroma de las rosas de Ézaros le atraía como un panal de miel a un oso. A ella le gusta revolcarse sobre esas rosas, circunstancia que, hay que entenderlo, a tu esposo le hace especialmente infeliz. En ese momento vislumbré una posibilidad, y tracé el plan. Dejé que Lesandro se alejara un poco y me agaché junto a Dreba, la dormí de forma superficial con un hechizo de sueño, lo justo para que despertara unos minutos después, y luego deshice su atadura con otro conjuro sin que Lesandro lo advirtiera. El resto fue cuestión de esperar. Dreba hizo lo que la Naturaleza le indicó que debía hacer, incluso adormilada. Tú, querida niña, te dejaste convencer por el buen corazón de Kalia, permitiendo que Dreba accediera al salón cargada de polen  por todo el cuerpo.
    Ninguno se abstuvo de acariciar a la perra antes de que Ezabel sirviera el té y sus deliciosas pastas—. Siomara había comprendido al fin cómo Calinices había ingerido el polen de las rosas que solo resultaba mortal para él, a pesar de no ser un veneno en sí mismo. Se produjo una larga pausa, hasta que Siomara se atrevió a preguntar.
    ¿Y ahora qué va a pasar? —preguntó por fin la gobernadora de Ézaros.
    Ahora, niña —dijo Talamantes— dejaremos que pase la tormenta y llegue la calma.

                                                              

8 comentarios:

  1. Genial, me ha gustado el relato, mantiene la intriga hasta el final, my interesante.

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  2. Muchas gracias, lector desconocido. Que mantenga la intriga hasta el final es de las mejores críticas que se le pueden hacer a un relato detectivesco. Un saludo y gracias por comentar.

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  3. HOLA TIO ME PARECE MUY BUEN RELATO Y CON MUY BUEN SENTIDO DE LA NARRATIVA Y SIN PERDER EL ILO DE INTRIGA DE SABER QUIEN ES EL CAUSANTE DE TAL CRIMEN.. EN HORA BUENA Y SEGUIRE VISITANDOTE PARA ESTAR AL TANTO DE TUS POSTERIORES ESCRITOS O RELATOS. SALUDOS DE MI PARTE

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  4. Muchas gracias, me alegro mucho de que te haya gustado. Y espero que también disfrutes el resto de los relatos. Poco a poco iré colgando nuevos cuentos, a medida que los vaya escribiendo, para que los leáis y podáis aportar vuestros puntos de vista, que me sirven de mucha ayuda para mejorar. Saludos.

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  5. Hola Helkion, ya te lo dije en el foro pero te lo repito por aquí: tu relato fue uno de mis favoritos en el reto (ahora no recuerdo si te puse segundo o tercero) y, la verdad sea dicha, no lo voté únicamente por su gran valor como obra de misterio e intriga policíaca, sino -aun más- por el espléndido mundo de transfondo que creaste. A ver si nos sorprendes con mas historias ambientadas en esa fascinante tierra.

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  6. Hola, Fernando. Te doy la bienvenida al blog. Me hace ilusión que los escritores/lectores del foro os paseis por aquí a comentar el relato, y también me alegro mucho de que esta pequeña historia te haya llegado. He de confesarte que alguna que otra vez desde que escribí este cuento me he sentido tentado de escribir algo más en este mismo ambiente y con algunos de estos personajes, a los que no he podido evitar tomar cierto cariño, pero el ritmo de los retos no para y quizá no me dejen tiempo para ello. Tampoco estoy seguro de si el resultado igualaría mis expectativas. Bueno, en cualquier caso, eso es algo que solo el tiempo desvelará. Un saludo. :)

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  7. Qué bueno!! Javier hemos sentido la brisa en nuestra cara, el frío... y nunca me hubiera imaginada el final!! Nuestra imaginación a volado a un paisaje idílico en un mansión mágica, con unos personajes de novela policíaca!! GENIAL!! ♥WE♥YOU♥

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  8. Pues si mi narración os han hecho sentir todo eso...¿qué puedo decir salvo que estoy encantado? Muchas gracias por comentar, eso me anima mucho a seguir escribiendo y publicando. Un saludo.

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