miércoles, 6 de febrero de 2013

Terra nullius

      Audio-diario del doctor Raymond Garner: última entrada provisional (revisada).

      A la luz de los últimos acontecimientos, me veo obligado a admitir que no tengo la menor idea de qué va a ser de la Humanidad, y eso incluye, muy a mi pesar, la posibilidad de que ya no le quede tiempo. Ese es el motivo por el que he querido dejar grabada la siguiente transcripción en mi diario personal, mientras aún puedo, para explicar con brevedad los hechos que nos han llevado a esta situación. Lo hago en previsión de una eventual catástrofe, derivada o no de lo que a continuación sigue, en la que hubiera supervivientes que pudieran acceder a esta narración y comprender el qué y el cómo de lo que sucedió pero, sobre todo, el porqué.


     La Tierra, 15 de marzo de 2366

     Llegaron desde muy lejos, pero nunca hicieron el más mínimo intento por comunicarse con nosotros, a menos que interpretemos los ataques y las masacres como un mortífero mensaje de negación total. Aquellos primeros meses fueron especialmente duros.

     Hasta ese momento, y a lo largo de nuestras exploraciones por las estrellas más próximas, nunca antes habíamos encontrado vida inteligente equiparable a la nuestra. ¿Acaso estamos abocados a tropezarnos una y otra vez con esa terrible relación directamente proporcional entre el nivel de inteligencia y la capacidad para destruir, que tanto nos lastró en el pasado? No lo sé, y dudo que alguien pueda responder a esa pregunta.

     Se habían establecido colonias en otros mundos y fueron enlazadas con importantes rutas comerciales, al igual que con nuestro querido planeta de origen, la Tierra, este paraíso azul que nos vio nacer como especie y que hemos perdido para siempre. Aunque no sé si debería hablar en pasado de algo que aún no ha ocurrido y que, tal vez, nunca llegue a ocurrir. Sé que suena un tanto confuso. Resulta difícil de comprender hasta para una mente científica, pero intentaré explicarme.

     Cuando empezaron a atacar, poco después del primer contacto, el Gobierno Mundial reaccionó rápido y bien pese a la sorpresa inicial. Movilizó nuestras fuerzas para intentar repeler sus letales incursiones, pero avanzaron imparables desbaratando cualquier oposición. Las colonias exteriores fueron cayendo una a una sin que pudiéramos evitarlo, y aprendimos que la interrupción de las comunicaciones significaba su aniquilación a manos del enemigo. “Enemigo”. Así se los empezó a llamar de manera espontánea ante nuestra falta de información sobre ellos, y al final ese acabó siendo el terrible apelativo con el que solíamos nombrarlos.

     El shock provocado por la pérdida del velo de ingenuidad con el que habíamos salido de nuestro tranquilo Sistema Solar, confiando quizá que ese vasto espacio exterior debía asemejarse mucho a lo poco que ya conocíamos, desmoralizó a buena parte de la población. Supongo que los numerosos mensajes lanzados por los sucesivos gobiernos, recordando la necesidad de abandonar antes o después la seguridad de la Tierra para conquistar la última frontera que le quedaba al ser humano, nos había inmunizado contra el atávico miedo a lo desconocido. Tal vez también contra la sensatez. Hasta el punto de no ser conscientes de los peligros potenciales que se ocultan en ese océano de oscuridad en el que las estrellas refulgen como acogedoras islas, y cuyos luminosos cantos de llamada nos afanamos en responder. Ahora parece lógico verlo de otra manera, pero imagino que todo resulta siempre mucho más sencillo cuando se analiza “después de”. O puede que solo sean trucos de la razón para personas desilusionadas. Para personas como yo.

     Poco a poco, con cada ataque sufrido, con cada colonia arrasada, algo íbamos aprendiendo. Sobre su forma de actuar y de moverse, sobre las armas que utilizaban y también las que nosotros empleábamos en nuestra desesperada defensa. Decepcionados, desechamos muchas que apenas les dañaban, fabricamos en abundancia las que dieron algún resultado, y potenciamos la investigación de otras nuevas con intención de probarlas en los siguientes combates. Todo ello con el impulso que proporciona el saber que estás luchando por tu vida y la de aquellos que te importan. Como científico, no puedo arrepentirme de las armas que ayudé a desarrollar pues, ¿acaso existe un fin mayor y más legítimo que el de la preservación de la propia especie? Ni la Naturaleza habría encontrado mejores razones para actuar. Siempre olvido que la Naturaleza no atiende a razones.

     Cinco años después del primer ataque habíamos perdido un tercio de las colonias y del espacio que habíamos llegado a controlar. Pero las nuevas armas y, sobre todo, el escudo de energía que ideamos y desarrollamos, destinado a proteger nuestras naves y asentamientos de sus armas más devastadoras, nos permitieron por vez primera frenar su avance. En los dos años que siguieron tan solo se perdió una colonia, y su destrucción fue vengada de inmediato gracias a un audaz contraataque dirigido por el ya legendario almirante Dagar, en el que la flota enemiga hubo de retirarse con graves pérdidas.

     Sin embargo ni en este ni en ningún otro combate fuimos capaces de capturar a uno solo de nuestros enemigos, ni vivos ni muertos. Simplemente no quedaba rastro de ellos, como si jamás hubieran estado allí, matando y muriendo al igual que nuestros soldados y colonos. Esta circunstancia pronto dio lugar a la propagación de diferentes conjeturas, a cual más extravagante y absurda, acerca de la naturaleza del enemigo: que eran incorpóreos, que sus cuerpos se desintegraban al morir… Nuestros gobernantes insistieron a los altos mandos del ejército para que consiguieran pruebas de su existencia a la manera en que nos la imaginábamos, a saber, como entidades de carbono más o menos humanoides y con una inteligencia similar a la nuestra. Pero entre buena parte de la población se fue extendiendo la opinión de que los enemigos no eran otra cosa que sofisticados robots de tecnología muy avanzada que, al resultar destruidas las naves, eran confundidos con sus restos. Semejante creencia, por poco demostrada que fuera, podía llegar a socavar la confianza en el funcionamiento de nuestra propia sociedad, muy dependiente desde hacía siglos de robots de muy diferentes clases, amenazando con destruirnos desde dentro cual virus letal.

     Las evidencias nunca fueron obtenidas, pero la cohesión social se mantuvo y nuestras máquinas no llegaron a ser cuestionadas hasta el punto de provocar un irrecuperable colapso social. Ello permitió, gracias a las nuevas armas, mantener la presión sobre los enemigos mientras ellos seguían empleando las mismas. Esto tranquilizó a algunos de mis colegas, que dieron por buena la optimista explicación oficial de que el enemigo no contaba con nuestra capacidad para adaptarnos a circunstancias nuevas. Sin embargo, de mis conversaciones con algunos altos mandos de la flota de guerra pude concluir que esa no era ni mucho menos la opinión más extendida entre quienes se enfrentaban a ellos. Me hablaron de su facilidad para cambiar de táctica, de su versatilidad para emplear los mismos recursos de maneras diferentes, e incluso de su habilidad y perspicacia para anticipar algunos de nuestros movimientos, demostrando que su capacidad de adaptación era mayor de lo que algunos querían creer. Aquellas confesiones privadas, que por el bien de la mayoría (y la de mi familia) jamás desvelé en público, me mantuvieron en vela demasiadas noches, intentando hallar una explicación que pudiera ofrecernos alguna ventaja en aquella larga guerra. A pesar de mis esfuerzos jamás logré alcanzar conclusión alguna que me satisficiera. Hasta hace poco. Pero, una vez más, me he topado con la impenetrable barrera del tiempo.

     El tiempo nunca pareció la clave en todo este asunto. La Humanidad parecía haber obtenido en su momento oportuno el pase a las estrellas, el desarrollo tecnológico había durado lo necesario, y estábamos todo lo preparados que podíamos para acometer una empresa de semejantes características. La expansión por el Sistema Solar fue regular y acompasada, sin premuras ni retrasos anómalos. El primer contacto con vida alienígena inteligente podía haber sido más pacífico, sin duda, aunque estaba dentro de los riesgos que estábamos dispuestos a asumir. La guerra no era en absoluto algo ajeno a nuestra experiencia o para lo que no nos sintiéramos preparados. Y el tiempo, una vez más, parecía correr a nuestro favor, pues cuanto más se prolongaba el enfrentamiento más nos veíamos capaces de vencer. Sin embargo, ¿existe algo más volátil que el tiempo?

     Entonces se produjo un cambio significativo. Como casi todo lo que ha rodeado al enemigo desde que apareció, los primeros datos obtenidos fueron recibidos con sorpresa e incredulidad. Los sensores de nuestras naves empezaron a detectar extrañas lecturas mientras inspeccionaban los restos de algunas naves enemigas destruidas. Los científicos acogimos aquellos informes con sumo recelo, como si dudáramos de su veracidad, pero ante las reiteradas confirmaciones de que las lecturas tomadas eran correctas, decidimos investigarlas a fondo. Los datos hablaban de residuos de partículas cronales, es decir, temporales, y ahí residía nuestro mayor escepticismo. Aquella energía, sobre cuya existencia nuestras propias teorías ya habían especulado, era considerada altamente inestable y, por tanto, muy difícil de manipular. A toda prisa elaboramos unos pocos supuestos prácticos que describieran los usos que el enemigo le podría estar dando. El más plausible contemplaba un uso experimental de dispositivos para realizar breves desplazamientos al pasado y a nivel local (quizá un par de minutos con una o dos naves) con la intención de revertir una situación de combate desfavorable. Si sus científicos aún estaban probando aquella tecnología, era muy posible que se produjeran fallos que ocasionaran la destrucción de aquellas naves. Una explicación que no terminaba de encajar con lo que sabíamos del enemigo, pues todo cuanto habían empleado hasta ese momento siempre había funcionado bien. En lugar de cuestionar aquella explicación algunos optaron por interpretar que el enemigo era vulnerable.

     Así lo hizo el Gobierno Mundial, y lanzó una gran ofensiva que permitió la recuperación de casi la mitad del espacio perdido en toda la guerra. Entre los restos de las naves enemigas destruidas fueron detectados más y más residuos de aquellas malditas partículas cronales que nosotros éramos incapaces de manejar en nuestros laboratorios, más allá de su mera observación en breves interacciones con otras partículas. No podíamos permitir que siguieran desarrollando una tecnología como aquella, para la que no disponíamos de defensa alguna y contra la que jamás la obtendríamos… a tiempo.

     Y de pronto, cuando ya nadie lo esperaba, ocurrió. Después de años de silencio, a lo largo de los cuales habíamos comprendido que la ausencia de comunicaciones no se debía a incapacidad técnica o lingüística alguna, sino a simple y pura falta de interés, enviaron una transmisión. Estaba codificada, pero sabíamos que no nos llevaría mucho descifrarla. Hubo quien aventuró la posibilidad de que, ante los últimos reveses militares, el enemigo quisiera negociar. Mientras mi equipo y yo nos entregábamos a las tareas de decodificación del mensaje, los puestos avanzados de la flota empezaron a informar sobre los movimientos de las naves enemigas, pero en un sentido que jamás hubiéramos sospechado: el enemigo, sin más, desaparecía. Sus naves se esfumaban de las pantallas y sensores, e incluso un par de capitanes hablaron de incidentes similares ante sus ojos y en medio del combate. En poco tiempo todas las estaciones y grupos de naves habían enviado sus informes, y en todos ellos el enemigo se había volatilizado sin dejar más rastro que el de los conocidos restos de partículas cronales. De inmediato tomé conciencia de lo urgente que se había vuelto descifrar el contenido de aquella primera y única transmisión, y a ello nos volcamos con la esperanza de comprender qué estaba pasando.

      La decodificación de la transcripción alienígena nos llevó varias horas de duro trabajo. Ante nuestros atónitos ojos aparecieron dos únicas palabras, “Terra nullius” (*), escritas en latín (una lengua muerta siglos atrás) cuyo significado nos desveló el ominoso sentido de las acciones del enemigo. Lenta e inevitablemente, aquel mensaje fue inoculando en nuestras almas un terrible y paralizante veneno. El miedo.

     Ahora ya no tengo dudas. Nos han estudiado. Han averiguado lo suficiente de nuestra Historia y saben cómo pensamos. Y lo peor de todo, saben cómo destruirnos. Sospecho que han desarrollado una forma segura de viajar al pasado remoto. A nuestro pasado. Uno en el que aún no existiremos o en el que, si lo hacemos, no dispondremos de la tecnología necesaria para hacerles frente. He hablado con algunos colegas y me dicen que no hay nada que hacer. Que ni siquiera tiene sentido dejar mensajes a alguien pues, si el enemigo logra su objetivo, todo lo que hemos hecho, todo cuanto somos, dejará de existir. Porque nunca habrá existido.

     Es el fin, a menos que…

     Nuestra única oportunidad de sobrevivir se encuentra en las posibilidades que ofrecen nuestros propios modelos teóricos acerca de los viajes temporales. En otras palabras, nos salvaremos si su viaje les lleva a un Universo paralelo al nuestro y no al que habitamos. Una vez más…el tiempo lo dirá.

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(*)Terra nullius
     Se trata de una expresión latina que proviene de las leyes romanas y cuyo significado es “tierra que no pertenece a nadie”. Es empleada en las leyes internacionales para describir un territorio que nunca ha estado sujeto a soberanía de ningún estado, o sobre la que ningún soberano ha solicitado su soberanía expresa o implícitamente. 

     Doctrina según la cual si se declaraba que una tierra estaba deshabitada o siendo desaprovechada, podía ser tomada y sus habitantes eliminados o expulsados.



                                                                        

6 comentarios:

  1. QUIERO COMENTAR QUE EL RELATO ES MUY BUENO Y ESTA MUY BIEN REDADCTADO , CAPAS DE SER COMPRENDEDI POR TODO LOS LECTORES. TENGO QUE DECEARTE LAS HORAS BUENA Y DECEARTE UNA FRUCTIFERA CARRERA DE ESCRITOR...EXITOS TIO.

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  2. Muchas gracias, Anónimo. Y yo espero poder seguir escribiendo relatos que gusten a todos los que visitáis este blog, y muy en especial a los que me animáis a seguir escribiendo con vuestros comentarios, que valoro mucho. Me alegro de que te haya gustado este relato. Un saludo.

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  3. Hola, Helkion. Tienes una forma de enlazar palabras que encuentro francamente preciosa. A veces me sorprendo repitiendo una oración varias veces en voz alta, como saboreando el sonido. Este relato en particular me encantó al punto de leerlo varias veces seguidas. ¡Felicidades!

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  4. Muchísimas gracias por tus palabras, Ana. Me encanta saber que has disfrutado este relato y no dejo de sorprenderme con comentarios tan bonitos como el tuyo. Gracias de nuevo por pasarte por aquí, y bueno, tan solo puedo decir que seguiré esforzándome para intentar mantener este nivel. Un abrazo.

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  5. Madre mía!!!, como siempre nos sorprendes con tus finales... y nos enganchas con tus palabras desde el principio. Javier!!! somos tus fans!! esperamos nuevos relatos!!♥WE♥YOU♥

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  6. Jeje, gracias mil, Villaloka. Me alegro mucho de que los finales sigan sorprendiendo. Y...sí, hay un relato nuevo en camino, y creo que también va a ser un tanto...sorprendente. No voy a adelantar nada, a ver qué tal es recibido cuando lo publique. Lo que sí puedo decir es que estará a primeros de marzo. ; )

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